No pasó nada - Antonio Skármeta

viernes, 15 de mayo de 2009


Sería muy simple decir que es una novela sobre el exilio, porque es mucho más que eso.

Skármeta tenía necesidad de escribir sobre ello pero sólo encontró la formula en aquellos que sienten la autentica necesidad de integrarse. Los adultos buscan trabajo, pero el resto debe ir a la escuela, a la universidad, a divertirse al parque o al cine... y deben aprender el idioma y las costumbres para sobrevivir.

A raíz de una conversación con un jovencísimo poeta, Skármeta encontró la inspiración para esta historia, tal y como lo cuenta en el prólogo de la novela:


Ése fue el momento preciso en que mi alma se conectó con la historia de No pasó nada. Mi editor me había sugerido que escribiera una ficción sobre el exilio, un motivo que tocaba a tantos pueblos con sus emigrantes, y que afligía también a tantos países que debían recibirlos sin conocer su mentalidad, cultura, tradiciones ni aspiraciones. Dos puntos me apartaban hasta entonces de acometer la empresa. Uno era que ya tenía el concepto para escribir El cartero de Neruda, historia a la cual le faltaban unos pocos gramos de concentración para hacer su escritura inaplazable. Otro era la impresión más bien melancólica que me causaba el exilio de mis compatriotas y el mío propio. No quería escribir en ese momento algo que me sometiera a una doble derrota, la ausencia de mi país y la eventualidad de que mi prosa se impregnara de desesperanza. Pero la visita de ese chico con su texto «repetitivo, rítmico, obsesivo y definitivo» me inspiró algo urgente.

Había que contar la experiencia del exilio no desde las víctimas directas, es decir los padres conscientes e ideologizados, sino desde los hijos, quienes dentro de la familia estaban en los valores del terruño, pero que en el aura de las calles extranjeras tenían que acomodarse a la ley de la sobrevivencia. Ni la nostalgia, ni el recuerdo, ni la improbable alborada que prometían las canciones protesta para cuando cayera el dictador servían de salvoconducto en esos laberintos llenos de ansias.

Desde ese día, cada vez que visitaba a mis amigos incursionaba un poco en las vidas de sus herederos. Les hurgueteaba sus discos, libros y revistas, alababa sus afiches deportivos y cinematográficos en la pared, permitía que sus compañeras del liceo corrigieran mi chirriante pronunciación del alemán, y no perdí ocasión de provocarlos para que me hablaran sobre sus conflictos con los «viejos», sus dilemas con la calle y la escuela y el color de su cabello y el tinte de su piel, y sobre todo acerca de cómo arreglaban cuentas con su país natal, que cada día se alejaba más y que parecía aglutinarse sólo en cuatro o cinco iconos: el palacio presidencial en llamas bombardeado por los golpistas, una foto de Allende, los discos de Quilapayún, la bandera tricolor con la estrella «solitaria», el compañero llegado del «interior» a quien había que prestarle la cama por algunos días.

A las pocas semanas ya tenía mi veredicto: nuestros muchachos navegaban fluidamente en un doble código: aceptaban los retos del nuevo ambiente y al mismo tiempo no se desafiliaban del universo de sus padres.

En el primer tema, los inspiraban las ganas, el frenesí de la edad, el ritmo de la música y las sístoles y diástoles de sus corazones que no querían fronteras. Pero frente a sus progenitores sabían ejercer la ternura. A veces, con su habilidad para el idioma, eran sus traductores, en litigios y discursos. Decían «venceremos», a pesar de las dudas en sus corazones. Comían empanadas y pasteles de choclo, y aceptaban que nuestra cordillera fuera la más imponente, nuestros vinos los más turbulentos, nuestras ideas políticas las más justas, nuestros mártires los más inolvidables.

Pero al momento de vivir, me enseñaron algo que un día bauticé como «ironía democrática». Es decir, estaban dispuestos a burlarse de todas las necedades del mundo, pero en primer lugar de ellos mismos. Conocí a muchos amigos del poeta «reiterativo», los entrevisté grabadora en mano, hablé con sus novias, fui a sus partidos de fútbol en los pastos del Tiergarten, me olvidé de mi rol de observador y entré una vez a la cancha para reclamar un penal contra mi hijo que yacía demolido en el área chica por un panzer de ojos verdes y hombros de rugbista. A veces los vi llorar sobre las faldas de sus madres, y otras veces estuve cuando ellos las consolaban con mimos, canciones, promesas o mentiras piadosas.

Hasta que un día de otoño dejé de lado todos mis apuntes, mis casetes y mi silencio, y dejé que Nopasónada contara su historia con pelos y señales.

Antonio Skármeta
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