Cinco Miradas sobre Novela Histórica - Varios Autores

domingo, 16 de agosto de 2009




Entre novelas, al menos de vez en cuando, se deben leer ensayos. En este libro hay siete ensayos de lectura obligada para aquellos que gustan de leer Novela Histórica; siete ensayos de cinco monstruos del ramo:

Carlos García Gual, gran experto en el mundo clásico, sobre todo el griego, y gracias al cual conocemos en profundidad a los grandes sabios de la antigüedad, así como su poesía, costumbres y guerras. En dos ensayos nos explica la diferencia entre novela histórica y biografía (Novelas biográficas o biografías novelescas) y trucos para el desarrollo de la ficción histórica, como 'el manuscrito reencontrado'.

Antonio Penadés, profesor de un taller de técnicas literarias y autor de 'El hombre de Esparta', nos da un repaso sobre la novela histórica en la Grecia antigua, desde el origen de este tipo de novela ('Kéreas y Calírroe', de Karitón de Afrodísias) y sin dejar de pasar la 'Ciropedia' de Jenofonte o por los poemas épicos de Homero o la 'Historia' de Herodoto de Halicarnaso, entre otros.

Javier Negrete, licenciado y profesor de griego en un instituto de Plasencia, escribió 'Alejandro Magno y las Águilas de Roma' y 'Salamina', pero también se adentra en la literatura fantástica con bastante calidad y éxito. En esta ocasión nos cuenta los métodos utilizados para lograr un increible realismo en sus narraciones sobre batallas.

Gispert Haefs, estudió filología inglesa e hispánica y es muy conocido por sus novelas sobre Aníbal, Amilcar, Troya... Uno de los ensayos de este libro trata precisamente sobre Troya, abriendonos los ojos sobre la verdad y la fantasía de esta historia. En otro de sus ensayos nos cuenta por qué le fascina Anibal y Alejandro sobre otros personajes históricos.

Pedro Godoy, experto en historia medieval, colabora como reseñador habitual de narrativa histórica en Hislibris.com y no tiene pelos en la lengua. Su ensayo 'Cavilaciones y mortificaciones de un atribulado lector' muestra su enfado por encontrar en las estanterías de las librerías, en el apartado de novela histórica, titulos sobre novelas que son inclasificables, dejando la novela histórica en un subnivel cultural inaceptable y no soporta las críticas de historiadores puristas que examinan los acontecimientos escritos con lupa, no aceptando la mas mínima insinuación, por ejemplo, sobre la personalidad familiar de César, al no existir datos históricos que lo ratifiquen.

Todos estos ensayos tratan de dejar claro que ante todo la novela histórica es novela, con una gran dosis de ficción apoyada en hechos y personajes históricos.

Para aprender historia, hay otros libros.


La Búsqueda - Blanca Miosi

sábado, 8 de agosto de 2009




Es la vida de un personaje que por razones ajenas a su voluntad nace en Polonia y sufre en su pubertad la invasión nazi a su país. Esto marca la personalidad de cualquiera, sobre todo si asiste a la guerra desde un campo de concentración.

Pero en el fondo esta historia de nazis, campos de concentración, huidas de los posteriores comunistas, integración o intento de ello en la sociedad peruana... no es mas que el soporte para entender una personalidad que solo quiere huir de problemas que se le antojan ajenos, y a pesar de ello, le persiguen.

No entiende las guerras, no entiende las persecuciones a los judios ni las revanchas de éstos con los alemanes que los rebuscan por todo el mundo, no entiende los empeños de su padre en forjarle un futuro concreto ni el de otros familiares en hacerle participar de tramas ilegales... Todo esto le lleva a unas apasionantes aventuras que no busca y al conocimiento de las interioridades del género humano, con sus virtudes y sus enormes defectos.


Es por ello que todos podemos aprender mucho con su lectura.



Blanca Miosi y yo nos conocemos por su blog (Blanca Miosi y su mundo), Facebook y algún que otro foro. Os invito a conocerla mas profundamente; merece la pena.


No pasó nada - Antonio Skármeta

viernes, 15 de mayo de 2009


Sería muy simple decir que es una novela sobre el exilio, porque es mucho más que eso.

Skármeta tenía necesidad de escribir sobre ello pero sólo encontró la formula en aquellos que sienten la autentica necesidad de integrarse. Los adultos buscan trabajo, pero el resto debe ir a la escuela, a la universidad, a divertirse al parque o al cine... y deben aprender el idioma y las costumbres para sobrevivir.

A raíz de una conversación con un jovencísimo poeta, Skármeta encontró la inspiración para esta historia, tal y como lo cuenta en el prólogo de la novela:


Ése fue el momento preciso en que mi alma se conectó con la historia de No pasó nada. Mi editor me había sugerido que escribiera una ficción sobre el exilio, un motivo que tocaba a tantos pueblos con sus emigrantes, y que afligía también a tantos países que debían recibirlos sin conocer su mentalidad, cultura, tradiciones ni aspiraciones. Dos puntos me apartaban hasta entonces de acometer la empresa. Uno era que ya tenía el concepto para escribir El cartero de Neruda, historia a la cual le faltaban unos pocos gramos de concentración para hacer su escritura inaplazable. Otro era la impresión más bien melancólica que me causaba el exilio de mis compatriotas y el mío propio. No quería escribir en ese momento algo que me sometiera a una doble derrota, la ausencia de mi país y la eventualidad de que mi prosa se impregnara de desesperanza. Pero la visita de ese chico con su texto «repetitivo, rítmico, obsesivo y definitivo» me inspiró algo urgente.

Había que contar la experiencia del exilio no desde las víctimas directas, es decir los padres conscientes e ideologizados, sino desde los hijos, quienes dentro de la familia estaban en los valores del terruño, pero que en el aura de las calles extranjeras tenían que acomodarse a la ley de la sobrevivencia. Ni la nostalgia, ni el recuerdo, ni la improbable alborada que prometían las canciones protesta para cuando cayera el dictador servían de salvoconducto en esos laberintos llenos de ansias.

Desde ese día, cada vez que visitaba a mis amigos incursionaba un poco en las vidas de sus herederos. Les hurgueteaba sus discos, libros y revistas, alababa sus afiches deportivos y cinematográficos en la pared, permitía que sus compañeras del liceo corrigieran mi chirriante pronunciación del alemán, y no perdí ocasión de provocarlos para que me hablaran sobre sus conflictos con los «viejos», sus dilemas con la calle y la escuela y el color de su cabello y el tinte de su piel, y sobre todo acerca de cómo arreglaban cuentas con su país natal, que cada día se alejaba más y que parecía aglutinarse sólo en cuatro o cinco iconos: el palacio presidencial en llamas bombardeado por los golpistas, una foto de Allende, los discos de Quilapayún, la bandera tricolor con la estrella «solitaria», el compañero llegado del «interior» a quien había que prestarle la cama por algunos días.

A las pocas semanas ya tenía mi veredicto: nuestros muchachos navegaban fluidamente en un doble código: aceptaban los retos del nuevo ambiente y al mismo tiempo no se desafiliaban del universo de sus padres.

En el primer tema, los inspiraban las ganas, el frenesí de la edad, el ritmo de la música y las sístoles y diástoles de sus corazones que no querían fronteras. Pero frente a sus progenitores sabían ejercer la ternura. A veces, con su habilidad para el idioma, eran sus traductores, en litigios y discursos. Decían «venceremos», a pesar de las dudas en sus corazones. Comían empanadas y pasteles de choclo, y aceptaban que nuestra cordillera fuera la más imponente, nuestros vinos los más turbulentos, nuestras ideas políticas las más justas, nuestros mártires los más inolvidables.

Pero al momento de vivir, me enseñaron algo que un día bauticé como «ironía democrática». Es decir, estaban dispuestos a burlarse de todas las necedades del mundo, pero en primer lugar de ellos mismos. Conocí a muchos amigos del poeta «reiterativo», los entrevisté grabadora en mano, hablé con sus novias, fui a sus partidos de fútbol en los pastos del Tiergarten, me olvidé de mi rol de observador y entré una vez a la cancha para reclamar un penal contra mi hijo que yacía demolido en el área chica por un panzer de ojos verdes y hombros de rugbista. A veces los vi llorar sobre las faldas de sus madres, y otras veces estuve cuando ellos las consolaban con mimos, canciones, promesas o mentiras piadosas.

Hasta que un día de otoño dejé de lado todos mis apuntes, mis casetes y mi silencio, y dejé que Nopasónada contara su historia con pelos y señales.

Antonio Skármeta
_

Mi planta de Naranja-Lima - Jose Mauro de Vasconcelos

jueves, 7 de mayo de 2009

.
La ternura hecha literatura.

Si se lee de joven, la probabilidad de llorar al final es bastante alta. De adulto maduro, con mucha lectura a sus espaldas, debe volverse a leer, de forma mas sosegada y dominando sensaciones y pasiones.

Sí, la ternura se puede pintar, esculpir, como hace Botero, pero tambien se puede describir con la maravillosa escritura plasmada en este libro.

Debe conocerse.
_

 
Plantilla creada por laeulalia basada en la denim de blogger.